Sinfonía de la persuasión y la prevención.
En el fondo de esta tibia habitación se encuentra Francisco, silencioso, con la mirada fija en el tiempo. A través de las paredes, en medio de la mugre y los hábitos asquerosos, se pavonean las arañas del destino con sus pequeños paraguas a un paso estrictamente gentil. Al lado de la cama, un escándalo de tornados afrodisíacos, un mar de probabilidades y arte de aviación naval. En el piso, un vestido de novia que canta corre a casa lentamente. En la mesa, un desayuno con panqué y en una bandeja, sobras de pato, ganso, queso crema y jugo de carne lleno de grumos que trajo el tío: manduca acumulada de la América post-industrial de 1992. Ruth duerme, mientras luce un espléndido atuendo de magnesio; a lo lejos, el bolero no deja de sonar y en el pasto recién tajado la tortura nunca termina.
Dentro de un sobre, palabras volcánicas que se clavan como martillos naranjas en las rodillas. Francisco respira profundo y solloza, tratando de concentrarse en el festín. “No te vayas” fueron las palabras definitivas que disolvieron sus entrañas. Al convertirse en arte, los bandidos se comen sus preguntas y se fugan por los infiernos de sandía y durazno. Los caminos de lodo me han forzado a desechar los zapatos y han dejado mis tobillos húmedos y fríos. Una princesa judía, aire dinámico, corazones rotos para los estúpidos, centinela artificial, agua blanca, un par de rastrillos y una luna concentrada se congregan en un sombrero arcaico.
Ninguno de los de arriba permanece afuera nuevamente, el extraño perfecto es infeliz y la historia de amor agoniza hacia el secreto acorde final. En el sofá, las decisiones de cocaína embellecen la rebelión del pueblo. En la soledad, la armónica toca y se divierte cuando ya se ha entumido la tierra. El azufre, las vísceras y el olor a recelo serán mi colación. Mientras soy arte, los colores y formas parecen predestinados a moldear cada sueño, cada instante y cada delirio. Para la inspiración, aquí acaece el retrato utópico del edén; para Francisco, el aposento instiga angustiosamente a la tragedia. Un frágil desenlace se anuncia con una suave nota que consume nuestras existencias. Ahí, en el misterio, caen las ropas y culmina la danza.
Dedicado al maestro Zappa (1940-1993)

